31 julio, 2008

"Hopper"

 Mark Strand escribe en el prefacio del libro que "los cuadros de Hopper trascienden el mero parecido con la realidad de una época y transportan al espectador a un espacio virtual en el que la influencia de los sentimientos y la disposición de entregarse a ellos predominan." La lectura de ese espacio es el tema de este libro.

El libro es un ensayo que trata de ir más allá de los análisis a menudo ceñidos a los esfuerzos por ver la representación del american way of life en la obra de este gran pintor realista. Con penetrante lucidez y una aguda capacidad de observación y exégesis, Strand viaja al origen del hipnótico misterio que late en las telas del pintor, de tal modo que sus comentarios -organizados en torno a una amplia selección de pinturas- se convierten en verdaderas traducciones del universo plástico de Hopper. Si bien no estamos ante un libro de poemas, es indudable que el trabajo de Strand debe mucho a la poesía y a la forma de mirar que nutre el ejercicio poético. Y a esa labor se le añade en esta edición -ilustrada con las pinturas que originan los textos- la espléndida traducción de Juan Antonio Montiel, capaz de preservar en castellano la minuciosa riqueza de matices y acentos del original inglés.

Título: Hopper
Autor/a: Strand, Mark
Editorial: Editorial Lumen, S.A.
ISBN: 978-84-264-1647-6
Precio: 17.90€



30 julio, 2008

Edward Hopper (1882-1967)

Pintor estadounidense. Nació el 22 de julio de 1882 en Nyack, estado de Nueva York. Su obra marcó un hito en la historia del realismo americano pues logró plasmar en su arte esa sensibilidad particular del siglo XX en Estados Unidos, que se caracteriza por el aislamiento, la soledad y la melancolía. Permaneció al margen de las experimentaciones cubistas de franceses y españoles, pero sí le influyeron Diego Velázquez, Francisco de Goya, Honoré Daumier y Édouard Manet, cuya obra había conocido a través de sus profesores de Nueva York. Las pinturas de su primera época, como Le pavillon de flore (1909, Museo Whitney de Arte Americano, Nueva York), siguen una línea realista y muestran algunas de las características básicas que mantendría durante toda su carrera artística, composición basada en formas geométricas grandes y sencillas, áreas de color planas y utilización de elementos arquitectónicos para introducir en sus escenas fuertes líneas verticales, horizontales y diagonales. El modo sólido y directo de marcar formas y ángulos sobre el lienzo y la utilización resuelta de luces y sombras se mantienen dentro de la línea de su obra. Expresando siempre una atmósfera de aislamiento total y de soledad casi sobrecogedora. Aunque su obra se mantuvo al margen de las principales corrientes abstractas del siglo XX, su estilo simple y esquemático fue uno de los que influyó en la vuelta al arte figurativo posterior y en el Pop Art. Murió el 15 de mayo de 1967 en Nueva York.

A principios de este año 2008, la editorial –Lumen- publicó un libro escrito por el poeta canadiense –Mark Strand-. Fue editado originalmente en 1994. Es un ensayo en el que el autor hace un recorrido a través de una treintena de cuadros de Edward Hopper. Lo he leído. Es todo un lujo, un tesoro, y un deleite de libro. Es una delicada fusión de prosa poética y pintura.

11 julio, 2008

"El Mundo"

 Premio “Planeta 2007”

“Cauteriza la herida en el momento mismo de producirla”

Esta frase que aparece por primera vez en la segunda página del libro, haciendo referencia a la aparición de un nuevo bisturí eléctrico que, según las palabras del padre del protagonista, era una invención suya, y que iba cauterizando la herida al mismo tiempo que la iba inflingiendo; desde mi criterio, es la columna vertebral de la narración. Pues va adquiriendo diferentes formas y significados, según la etapa, momento o circunstancia que vive el protagonista, que no es otro que el propio autor, Juan José Millás. El mundo, retrata, entre otras muchas cosas, una época en la historia de España. Retrata una clase social; un modelo de familia, la numerosa. Retrata un barrio, sus gentes, sus costumbres. Y retrata algo que en los tiempos que corren se está infravalorando a una velocidad vertiginosa –la amistad-. Millás, hace referencia en no pocas ocasiones a su amigo de la infancia, -el vitaminas-. Un niño enfermizo, solitario, y de aspecto delicado. Al cerrar el libro, cuesta, no dedicarle un último recuerdo a esa criatura. Las páginas donde se relata esta amistad son, para mi, de las mejores del libro.
El mundo que aquí se nos describe puede ser el de cualquier ser humano. Con sus penas y alegrías; sus deseos y frustraciones; sus ilusiones, sueños incumplidos, y amores imposibles. Con la diferencia de que, no todo ser humano termina siendo un afamado escritor, claro está.

Para mi gusto, no es la mejor novela que he leído de este autor. Pero quizá, sí, la más profunda. La más personal. Porque en definitiva es su autobiografía, su vida la que nos va desgranando a lo largo de las doscientas treinta y tres páginas. Hay capítulos, que se desarrollan prácticamente, como un monólogo interior. Por momentos, roza el caos existencial. Sobre todo en la parte donde va describiendo, con todo detalle sus crisis neuróticas; sus fobias, y sus manías.

Él mismo dijo, en la presentación que hizo de esta novela, en la pasada edición de la feria del libro en Córdoba, que el libro en sí, había estado escrito bajo una especie de alucinaciones, que había sufrido en momentos puntuales. Redactada en muchos de los párrafos con esa ironía que caracteriza a Millás, la novela engancha. 
Tuve la satisfacción de asistir a la presentación y posterior charla coloquio, con firma de libro incluida, que se desarrolló, como ya he dicho con anterioridad, en Córdoba, el pasado veintiuno de abril. Conocer en persona a uno de tus escritores preferidos es siempre un hecho, gratificante. Y más si no te defrauda. A mi no me defraudó. Le sigo a través de sus artículos en el periódico. Y como colaborador en una cadena de radio, y por supuesto, como escritor. Llegó a lugar de encuentro con sus lectores, con una puntualidad suiza. Me quito el sombrero, ante ese hecho. Será porque yo acostumbro, o por lo menos lo procuro, ser así, puntual. Prefiero esperar a que me esperen. Tenía un aspecto de bohemio que le rezumaba por cada una de sus canas. De rostro serio, casi hierático. Apenas esbozó una leve sonrisa. Pero con una retórica cargada de ironía. La misma que derrama en la mayoría de sus narraciones.